
Lo único que te permitiré te te lleves de mí, será esa inocencia pura con la que te conocí, aquella que al recordar aún me ruborizo al ver tu espalda desnuda tan solo medio tapada con una sábana de algodón tailandés.
Sin pedir permiso ni dar las gracias, esa castidad, esa pulcritud que yo defendía, me la robaste de la noche a la mañana, me quedé desnudo ante tí, desnudo ante tu enormidad, yo tan pequeñito, tan insignificante, tan asustado y tu tan segura, tan recta, tan centrada...
El corazón me latía a mil por hora, con tus suaves manos me acariciaste y con tus bellos ojos penetraste como nunca nadie ha penetrado en mi interior, de repente, me sentí indefenso, paralizado, ningún músculo de mi cuerpo quería responderme, parecía una estatua de sal...tu estatua de sal.
En un claro de luna me quitaste mi verguenza, la cual con gráciles alas salió volando por la habitación para no volver jamás, éramos tan ignorantes, tan parcos en palabras que tan solo con tu mirada me di cuenta que ya nunca sería nada igual. Una delatadora lágrima me recorrió la mejilla, lágrima de sal amarga de mi recuerdo posterior, lágrima amarga cuando supe que solo fui para ti un recuerdo de un joven amor.
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